El Cargador de Agua




Había una vez, un cargador de agua que vivía en la India, y cada día, llevaba en sus hombros un gran bastón, y a cada lado del bastón había un jarrón de barro; un jarrón a la derecha y un jarrón a la izquierda.

El jarrón de la derecha era pefecto, y llevaba muy bien todo el agua que el cargador ponía en él.

Pero el jarrón de la izquierda tenía grietas chiquititas, por donde filtraba el agua, gotas tras gotas, poco a poco... plich, plich , plich, plich.

Y esa situación desesperaba al jarrón. Veía a su compadre, el jarrón perfecto, y él con sus grietas, perdiendo el agua, haciendo perder tiempo y plata a ese pobre cargador, su amo.

Así que un buen día el jarron de la izquierda que tenía tanta vergüenza, tanta vergüenza de existir, no pudo más, y se dirigió al cargador y le dijo:

- Perdóname, perdóname por favor.

- Y por qué te voy a perdonar -dijo el cargador-.

- Perdóname porque tengo grietas, y cada día te hago perder tiempo y plata, todo por mi culpa.

- Oh, yo no estoy de acuerdo contigo - dijo el cargador -, más bien mira, mira por el camino donde tu andas, mira todas esas flores.

Y el jarrón de la izquierda, por primera vez, miró hacia abajo y efectivamente, en el camino por el que él andaba había un monton de flores de todos los colores; y debajo del jarrón perfecto no había ninguna flor.

- Ya vez, yo siempre supe de tus grietas, -dijo el cargador-, así que las aprovecho: he sembrado flores por el camino donde tú andas. Tanta belleza, no hubiera sido posible sin tí jarrón. Y sabes otra cosa: a mí esas flores me sirven para decorar el altar de mi maestro.

Así que por favor, por favor jarrón...quédate con tus grietas.


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